miércoles, 23 de agosto de 2017

EL SALVAVIDA



Si alguna vez quise ser torero también alguna vez se me ocurrió ser el salvavida, sí, uno de esos tipos fuertes a base de pesas, dorados de sol de la playa y rubios también a causa de tanto tiempo estar sometido al astro rey. Rodeado por esculturales mujeres en bikini, acechando desde su trono en alto al mar para ver si alguien estaba en peligro de ahogarse y salir en su auxilio con inusitada agilidad cruzando el trozo de mar que lo separaba de la víctima de un calambre, la montadura de un tendón o la expulsión mar afuera por la traicionera resaca.
De pequeño los veía inmensos, silbato al cuello presto a alertar o regañar a las intrusos que no respetaban las banderillas cuidadosamente colocadas indicando hasta donde podían bañarse sin peligro, o simplemente si en ese día por la furia de las olas, simplemente tenían que contentarse con descansar sobre la arena y dejar lo de meterse al agua para otra ocasión.
Tal vez por tanto tiempo desmareado, que no es lo mismo que desterrado pero se parece bastante, porque viví en un hermoso lugar que solo le faltaba el mar, olvidé mi vocación de salvavida, mi sueño de hacer pesas como un condenado, llenarme de músculos y subirme a la altura de la silla atisbando un posible rescate, aunque no fuera de una linda chica, en fin de  cuenta en el público curioso siempre habrían unas cuantas admirándome como héroe y deseando ser la victima a quien le diera respiración artificial boca a boca hasta hacerla revivir como en una película .
Hoy en la playa mientras veía a el salvavida, no tan musculoso, ni rubio (que raro), en su trono con los brazos extendidos a todo lo ancho del espaldar de su silla, atisbando a los imprudentes bañistas que amenazaban irse a lo hondo desobedeciendo órdenes y banderas rojas (debían cambiarles el color porque esas dan ganas de jamás obedecerlas), pensé que esa profesión, por mí casi olvidada, es de las que nunca desaparecerán por mucha tecnología que aparezca. No imagino un robot sentado mientras cámaras de alta resolución observan presagiando el peligro, para cuando detecten a alguien ahogándose o en situación peligrosa enviar una señal a la computadora que inmediatamente remita al robot que convertido en veloz embarcación va en busca de la víctima, alzándola mecánicamente de las olas con brazos hidráulicos, para conducirla a la arena y allí con mangueras flexibles suministrarle oxígeno artificial para revivirla. Sería una terrible imagen, nada romántica y con poco viso de héroe, creo que nunca funcionaria y nadie de los presentes envidiaría ser la persona rescatada. 
Así pasó de pronto asaltó a mi memoria la efímera vocación de salvavida que creo cambié poco después por la de maquinista de tren, pero ya esa es otra historia, ahora estoy cerca del mar y eso es fantástico.

domingo, 21 de mayo de 2017

De héroes y fantasmas


Donde hay fantasmas hay hombres también, tal vez lo hubiera pensado, pero así no fue.
En una de esas treguas que nos dio la lluvia de una semana plena de precipitaciones caminaba por Prospec Park en Brooklyn, ya para esta época del año el frío aunque hace resistencia comienza a ceder ante la primavera que con su paso lento va haciendo su aparición. Por eso ya había mucha gente en bicicleta, trotando, caminando o simplemente paseando mientras aprovechaban un poco de buen sol en la piel.
Mi celular sonó y me llegó la voz de un amigo desde la antípoda, por allá en Bolivia donde hasta unos meses yo decía lo mismo que ahora, pero de acá. Como preví que la conversación sería larga, pues siempre me pone al corriente de todo lo ocurrido por allá, así que me dirigí en busca de un lugar donde sentarme. 
Mientras caminaba entre las tarimas de los agricultores que ya publicitaban sus productos orgánicos, encontré un banco solitario donde daba directamente el generoso sol, en el cual me dispuse a descansar mientras terminaba la prolongada conferencia telefónica.
Una vez terminada la conversación guardé el teléfono en un bolsillo del abrigo, sentí una voz a mi lado que en español, pero con un ligero acento norteño me preguntó - ¿cubano eh? - respondí entre temeroso, desconfiado y sorprendido pues no me había percatado en qué momento llegó y se sentó aquel hombre joven, alto y rubio vestido de una forma absurda que ni sabía en qué consistía su absurdo. Al parecer hasta me había escuchado hablar, supongo, que fue por mi acento que adivinó mi nacionalidad, aunque reconozco que no es tan marcado como para que un extranjero lo adivine. Saqué media sonrisa mientras respondí afirmativamente. El hombre me tendió su mano derecha, fría, delgada y con una pequeña cicatriz  - Enrique - me dijo - Bueno...Henry, aunque en Cuba todos me decían Enrique.
Estreché su mano y retiré rápidamente la mía poniéndola en el bolsillo del abrigo aunque no había frío como para eso. Enrique se mantuvo en silencio, tuve ganas de despedirme, levantarme e irme pero la curiosidad, siempre la curiosidad - ¿has estado en Cuba? - Sí, como 9 años - ¿En la Habana? - pregunté y de paso hice mi publicidad para que supiera que soy de la capital - No,  que va, llegué por Las Villas y me mataron en Camaguey 
- Ahora sí, lo que me faltaba, me tocó un loco, tengo que irme de aquí.
El hombre me miró adivinando mi sentir y tranquilamente  me pidió con un gesto que no me fuera - quédate, te lo explico, me escuchas y si quieres después te marchas o mejor regreso de donde vine.
Lo miré y sin saber por qué, no sentí miedo, sonrió - me llamo como te dije Henry, Henry Reeves y fui brigadier general del Ejercito Libertador de Cuba, caí en combate.
- Conozco la historia de El Inglesito - dije como si aquel desconocido fuera en verdad quien decía - precisamente pensaba investigar dónde había nacido y vivido su infancia y ver si hay algún monumento en su honor.
- Nací aquí mismo en Brooklyn, claro compay en ese tiempo no había teléfonos celulares, ni guaguas, ni autos. Me fui a Cuba por el deseo de aventura de la juventud, pero allá conocí tipos duros, valientes y cultos, ah el Mayor General Agramonte, Sanguily y el jefe, bueno el jefe no era cubano, pero que tipo ese, cada vez que yo hacía una travesura me decía - te estas contagiando con los cubanos, igualito que yo que lo único que me falta es hablar gritando.
- No todos hablamos gritando - repliqué tratando de creerme que le seguía la corriente aunque realmente a cada momento me convencía que de verdad hablaba con El Inglesito - No se haga compay, jajaja - se rió todo lo alto que pudo, como un cubano o alguien que aprendió bien de los cubanos. Miré, a mí alrededor pasaban algunas personas pero nadie reparó en aquel tipo vestido tan raro, riendo como demente o como cubano que es lo mismo, además nadie mira a nadie aunque tenga el cabello de muchos colores, ande en carriola tranquilamente con 70 años en las costillas, haga flexiones, dé dos pasos y vuelva a hacer flexiones, mejor dicho planchas. La gente que pasa por aquí se viste y actúa como le da su gana y nadie repara en ello -  bueno, esto es New York - pensé.
- ¿Es verdad, eso que te tirabas frente a las balas? - dije por preguntar algo - Claro compay, de aquellos mambises no solo se aprendía a reírse, hacer chistes, hablar alto, y llegar tarde, también aprendí a no cogerle miedo a las balas y dar machete, con los cubanos y con el general que no lo era, pero que al fin lo era, aprendí mucho en poco tiempo…y con las cubanas…pa qué le cuento, jajaja - y volvió a reírse estruendosamente.
- Y…Reeves - le dije con mi mejor acento de periodista, asumiendo que podía ser en verdad aquel histórico general del Ejército Libertador de Cuba - si estás muerto ¿cómo fue que pudiste llegar aquí? - se puso serio, como si recordara algo que le doliera - Ni siquiera vivo hubiera podido llegar, ya sabes camará, los españoles me jodieron las piernas. Yo no llegué aquí, es tu pensamiento el que está donde me encuentro. En aquel momento me di cuenta  que El Inglesito Henry Reeves, el héroe norteamericano de las guerra de independencia de mi país estaba a mi lado, o mejor, yo al suyo a pesar de que no había podido investigar en qué calle nació, ni si había un monumento a su memoria. Pero, qué memoria, monumento ni un carajo si estaba ahí, materializado a mi lado como en una película de Tarkovki, sonriente como si hubiéramos sido vecinos toda una vida o toda una muerte.

De pronto temí que se fuera, que no tuviera tiempo de hacerle tantas preguntas y presentí que aquel momento mágico estaba llegando a su fin. Miré sus ojos claros y brillantes, me volvió a extender su mano blanca, delgada, con una cicatriz  y que ahora sentí cálida. Me regaló su sonrisa adivinando una de mis preocupaciones del momento - y no te preocupes, si yo aprendí a hablar español con los cubanos a ti te será más fácil hablar inglés 
- Gracias - le dije desde lo más hondo de mi corazón. Cuando retiré mi mano, ya no estaba.

miércoles, 26 de abril de 2017

Aquella Luna de quien no me despedí

"Sol"
Siempre ando despidiéndome, esta vez no fue de muchos. Mi partida y sobre todo mi destino no me permitían andar con explicaciones. Allá quedó ella, como una vez le llamé y le gustó, “mi musa discreta”, la de los ojos hermosos, la de tanta ternura reprimida, la que me sedujo en su tristeza. No la he vuelto a ver, no he sabido de ella ni ella de mí. Simplemente no me despedí, aunque aquella noche en que le acompañé a coger un bus imaginé que podía ser la última entre nosotros. Aún la recuerdo apurada y torpe sobre aquellos zapatos con que intentaba aumentar su estatura. Se fue rápido, sin un beso, sin poder decirle que cuando llegara el verano tal vez me iría para siempre y que no tendría cerca a alguien quien sabía que la quería aunque no pudiera tenerla.
Todo empezó hacía ya más de dos años, la veía pero no la miraba, todavía me lo reprocho, me siento culpable. Había mucha mujer hermosa frente  mí en aquellas tres horas cada jueves en la noche. Estaba la tatuadora, hermosa, joven y coqueta. Aquella  otra que siempre se sentaba adelante y me habló de su esposo (oh Federico G. L. al menos al gitano de tu poesía le mintieron con eso de que era mozuela), la misma quien me llevó un poema de Neruda, el número 1 exactamente, para que lo leyera en público. Me negué, me pareció demasiado erótico y me expresó que entonces se lo leyera solo a ella. No lo hice. Estaba también aquella joven de cabello rizado y pronunciado escote que asumí seductor, provocativo; las tres rubias, una de ellas seria, altiva y callada, la morena de sonrisa permanente, la de rasgos asiáticos y andar que parecía flotar. Todas tan hermosas, capaces de absorber la atención de cualquier mortal del género masculino, o ser admiradas y hasta envidiadas por alguna que otra del suyo propio. Todas ellas frente a mí, un solitario, taciturno, escribidor de poesías a nadie.
Una noche se sentó adelante, había llovido. Vestía de negro, calzaba botas de rockera y pude descubrir que lucía aros en los dientes superiores. Esa noche también descubrí su mirada triste. Fue aquella ocasión cuando  habló, fue adelante, se sentó frente a todos muy dispuesta, desafiante, y respondió a las preguntas que hizo el resto de los participantes, no sé si con sinceridad, pero me gustó. 
Pasaron otros jueves, calurosos, largos y nostálgicos para mí en aquella nueva etapa donde volvía a acostumbrarme a estar solo. Aunque ya no tan solo, sin querer una luna llena rondaba mi vida y cada día la esperaba viéndola llegar cansada, con aquella mirada llena de nostalgia, de algún dolor oculto que siempre me negó.
Un día nos encontramos solos, nadie nos miraba y le confesé que empezaba a sentir algo hermoso por ella. No se sorprendió, no me rechazó, me dijo que lo esperaba, lo comprendía, que no me sintiera mal por eso. A partir de ese momento fui de ella, aunque ella o una parte de ella no fuera mía. 
Disfrutábamos cada momento que nos tocó. Yo me apuraba y terminaba antes para tenerla a mi lado unos minutos. Ella en ocasiones no iba a su clase y entraba en la mía, se sentaba a veces adelante, a veces detrás y yo notaba que me miraba y no sabía qué hacer, los demás se daban cuenta, no me importaba porque mi mundo era ella, con su mirada triste, con sus hierritos en los dientes para enderezarlos o acomodarlos, no sé, como quiera era bella para mí, con la faja innecesaria apretando su vientre para tal vez darle más gracia a su figura, con sus dos nombres indescifrables que aunque en algún momento traté de articularlos, siempre la pensé como Luna.
Recuerdo una de aquellas tantas noches. Como siempre trataba de terminar mis clases temprano y ella si lo hacía también buscaba algún pretexto para esperar a que yo terminara cuando no era jueves y disfrutar de un hermoso y fugaz instante para vernos, conversar, comernos mirada a mirada. Yo le dije que la amaba y ella me dijo que aunque no podía también lo hacía, y hablamos cosas sin coherencia y ella me miraba mientras ocultaba mis poemas entre sus cuadernos, mis tantos poemas para ella. Le llamaron apremiante, tuvo que marcharse rápido, yo  quedé parado, petrificado, mi mente, mi cuerpo y mi vida esa noche estaban poseídos por Luna. No quería que nadie me hablara, que nadie me mirara, no ver nada ni nadie que la pudiera apartar de mi mente en aquel momento.

Salí, anduve por las calles oscuras, peligrosas, sin miedo pues ella iba conmigo muy adentro. No sé cómo llegué a mi casa, en pocos minutos llegué y me dormí con ella sintiéndola en el interior de mi alma.
El día siguiente, desde las seis de la tarde ya andaban mis piruetas para verla, pasar  con adolescente "casualidad" por donde creía que debía estar, o ella ir por donde yo frecuentaba. La vi mirar, buscándome a través del cristal y cuando nos encontrábamos ya sus ojos no eran tan tristes. Esa noche le conté a Luna todo lo que me pasó el día anterior, ella sonriente y sorprendida me dijo que también le había ocurrido lo mismo, igual.
No me despedí y no sé si lo lamento, alumbró mi vida a pesar de que pocas veces pudimos estar juntos y escasas solos, conservo copia de todo lo que le escribí a ella y atesoro todo lo que ella escribió para mi, incluyendo aquella primera carta donde comencé a descubrirla, a soñarla.
No me despedí y es casi imposible que nos volvamos a ver. El tiempo borra muchas cosas, adelgaza el amor. Aun así sus ojos llenos de tristeza, su cuerpo menudo, su afán de poeta y su ternura oculta a tantos ojos y enclaustrada por un dueño, siguen conmigo.   

                                                                  
Duele
 que pases por mi lado
con la mirada esquiva
oculta en ese viento
donde no estoy.
Duele
sentir lo duro de tu silencio
callando gritos
negando besos.
Duele
Porque eres tú
mi musa discreta
extraviada en laberintos
sin encontrar arcoíris.
Duele
Porque tu llanto
no figura en mis deseos
y sí tu risa
me moldea el corazón.
Duele
mucho
cuando mis ojos buscan tu mirada
y sólo pueden ir
 hacia ese vacío
donde escondemos el amor


jueves, 23 de marzo de 2017

New York


                             
Hay anhelos que se convierten en deseos, deseos que se convierten en sueños y sueños que pueden convertirse en realidad o en frustración, aunque ese último término debe estar siempre en lo más profundo del cajón de las cosas inútiles y por delante de todo los sueños y los propósitos.   
Un día soñé que iba a New York. No me atreví a contárselo a nadie por muchos motivos y entre esos motivos estaba que me acusaran del dichoso diversionísmo ideológico o cuando menos se rieran en mi cara ya que por aquel entonces hasta viajar dentro de mi país era algo quimérico. 
La imagen de New York solo nos llegaba por aquel entonces a través de películas y fotos antiguas, así conocí al King Kong de los años 30 y El Padrino en un libro que casi en clandestinidad nos pasábamos de mano en mano con la condición de leerlo en pocas horas. También por las noticias, casi siempre malas noticias de drogas, crímenes y asaltos, alguna que otra leyenda urbana de vengadores anónimos o el popular Pedro Navajas y en la lejanía Sinatra cantando New York, New York. Pero el tiempo poco a poco fue tumbando barreras y de cierta forma amando mi sueño terminé en un platónico amor por la Gran Manzana. 
Nunca olvidaré aquella mañana de lunes donde quisieron quebrarla, aterrorizarla, herirla de muerte y como con el dolor de un amante por su ultrajada amada tuve algunas pequeñas escaramuzas con personas que sintieron alegría o simplemente intentaban justificar el cruento acto de terrorismo de aquel septiembre 11 casi empezando el siglo.
Hoy puedo decirle a Calderón de la Barca que no siempre los sueños, sueños son, sino que también es posible realizarlos con un poquito de perseverancia y empeño, por eso hoy caminé por el asfalto de la jungla, por la capital del mundo, por la ciudad de New York.












jueves, 23 de febrero de 2017

Invierno en Brooklyn


Aún no es otoño
es Brooklyn.
Arboles sin hojas
transparentes
permiten ver más allá.
¿Puede pasar algo más
que un invierno Brooklyn? 



























viernes, 20 de enero de 2017

Everglades

Fotografías del autor
Tengo  por un gran sentimiento por la naturaleza, me debe venir de mi formación como geógrafo y los andares en aquellas maravillosas prácticas de campo donde no reparamos en paisajes, ya fueran marinos o terrestres. En aquella carrera nos inculcaron el afán de investigar, el ansia de conocer. Desde aquel entonces, soñábamos con salir de los límites de nuestra pequeña y hermosa isla y sus cayos adyacentes. 
Unos soñaban con los desiertos australianos, otros con la Amazonia brasileña, el Lago Titicaca o el impenetrable polo sur en la Antártida. Entonces recuerdo que una de nuestras compañeras, más bien baja de estatura pero de escultural figura afirmó que ella soñaba ir a Los Everglades. Todos la miramos asombrados y casi al unísono preguntamos - ¿A los Everglades?
Aún sonrojada mantuvo firme expresar su sueño al tiempo que alguien le decía que allá solo encontraría caimanes y serpientes venenosas. La que siempre se sentaba a la derecha le decía que eso era en "la yuma" y el de la extrema izquierda después de verificar en su mapa de escala 1:500000 la miró con desconfianza añadiendo que eso estaba cerca de "Mayami, la cuna de la gusanera". Pero haciendo caso omiso del criterio que pudiera cualquiera verter sobre ella por soñar, agregó con sabiduría académica, como si estuviera exponiendo ante un tribunal evaluador, que era uno de los mayores humedales del planeta con un ecosistema muy conservado tanto en especies vegetales como animales y que para cualquier geógrafo, biólogo u otra especialidad a fin, sería muy interesante esa experiencia. Ante tal argumento pasamos a otro tema y de aquella conversación solo quedó el momentáneo apodo de la muchacha de Los Everglades al referirnos a ella, pero que pronto sucumbió y volvimos a llamarle la muchacha de...una parte de su hermoso cuerpo que se destacaba entre sus muchos encantos.
Más de 20 años después, y porque como dice el dicho el mundo da muchas vueltas, dos de los que participamos en aquella conversación y formamos parte del coro de la referida pregunta, además de pensar en la lejanía más que física, política, con aquel lugar, mi amigo y geógrafo también Gilberto Gonzales, nos encontramos listos para entrarle en una mañana de Navidad a Los Everglades. Esta vez sin cuadernos de notas, ni profesor guía, ni pomos para tomar muestras, ni termómetros, barómetros u otro instrumento de medición. Nuestro equipaje consistía en aquello que deseamos tener y apenas pudimos en nuestros tiempos de estudiantes: cámaras fotográficas, trípodes, lentes y filtros.
Nunca más volvimos a saber de la muchacha de lo Everglades ni si pudo cumplir sus sueños, pero si así no fue, nosotros logramos hacerlo por ella.