domingo, 18 de marzo de 2012

De otoños y contraluces



Llega el otoño a esta parte del mundo que siempre siento al revés. El patio se llena de hojas. Aunque a intervalos, el cielo se torna gris pero pronto regresa a su azul de extraordinaria pureza. Se  me antoja que las nubes andan más apuradas, la tierra por su parte mira coqueta a la lluvia que con pereza comienza a caer cada tarde. 
Por mi parte y para atenuar el tedio me da por leer poesía. La poesía me llegó temprano, desde aquellos tiempos  en que mi tío recitaba con voz de rompe-corazones los versos de José Angel Buesa,  Becquer o Martí en los programas nocturnos de la radio local y corrían por los estantes de libros el poemario Rocas y Espumas, de la autoría de mi padre. 
Muchas veces leo poesía, otras la he escrito porque cualquier cosa, hasta el minúsculo grano de arena o un diciembre del otro lado del mundo merece un poema. Eso siempre he tratado de hacer.


   
Contraluz

Solo sombras
detrás, la ciudad
nítida
con sus colores y sus sonidos.
Llueve.
 .........

El ingeniero camina mucho por estos días
le robaron su bicicleta china.
El sol retumba en su piel negra
y sus dientes blancos saltan siempre de alegría.
El ingeniero habla alto y es bromista
nadie que lo ve cree de su valía.
¿Será que se cumplirá aquel mal presagio?
Él, más que un ángel que vierte luz en el espacio
es mi amigo.
........

El hombre del saxofón
inunda la ancha calle de corcheas
cruza la Avenida atraviesa un camello
carga las nubes.
Llueve melodía.
Los transeúntes poco agradecidos
sacan sus paraguas.
........ 

Diciembre al revés
sin fríos
sin festival
sin mi Habana.
Diciembre libre del tiempo
con sus vivos y sus muertos.
Parezco como de cabeza
en este diciembre al revés.
.......

Cada pedazo de esta ciudad
me recuerda tu aire.
Cada hoja, cada ruido
cada silencio
arrastra mi mente
a tu figura despierta.
Cada rincón
virgen o explorado
me lleva con la luz
de tu inexplicable sonrisa,
con el tierno abrazar
de tus ojos.
Cada pedazo de esta ciudad
para mi
eres tú.











viernes, 9 de marzo de 2012

Cuna de cine

Alberto Sordi

Nací en cuna de cine, rodeado por familiares y amigos que no se perdían a las 6 y 20 de la tarde el espacio Cine del Hogar por la diminuta pantalla de un televisor americano infinitamente remendado, para que la fosforecencia de su pantalla verdosa llenaran la sala de mi casa con aquellas películas argentinas, mexicanas y americanas, estas últimas muy admiradas sobre todo si estaban dobladas al español, ya que apenas se podían leer aquellos subtitulos en blanco que en ocasiones era necesario adivinar qué decían los actores o en último caso acudir a algún televidente que alardeara de sus conocimientos de la lengua del enemigo.
Aquellos momentos mágicos fueron tan mágicos que en alguna otra ocasión voy a referirme a la sala de aquella casona llena de gente viendo  televisión, hoy no, hoy la nostalgia me ha entrado por aquel cine no americano (no tengo nada en contra del cine de los Estados Unidos), que me llegó de referencia a través de las conversaciones de los mayores y que tiempo después pude disfrutar cuando a fuerza de empellones lográbamos entrar al cine y conquistar una luneta de madera. 
Lo mejor de aquello era que ya no tenía que ir de la mano de mi abuela o de mis tías quienes veían la película varias veces suspirando por Ives Montand, Jean Marais o casi a punto del desmayo cuando Alain Delon miraba con ojos húmedos a la mulata que decidió no delatarlo en El Samurai. Para este tiempo me acompañaban mis amigos del barrio, especialmente Carlos, el cuarto bate del equipo de béisbol tan fanático como yo, quien hasta en alguna ocasión arrastró a su padre a ver alguna de aquellas comedias italianas, reiterándole que lo que iban a ver no era una pelicula rusa. 
Por aquella época vimos algunos clásicos que  ni sabíamos que lo eran, pero nos gustó. Los nombres de Marccelo Mastroianni, Ugo Tognazzi, por solo citar dos ejemplos, desataban enormes colas frente a los cines, más, mi favorito era aquel actor grandote que no cesaba de enseñar al joven estudiante en el filme italiano La Sorpresa. Ver anunciada una película de Alberto Sordi y salir corriendo en la noche al cine era lo mismo, sin importar que fuera en blanco y negro o reconstruida con varias copias de uso como nos advertían en una cartelito antes de comenzar el filme. A tropel acudíamos también  cuando se mencionaba a Sophia Loren, Claudia Cardinale, Gina Lollobrigida, Monica Vitti o a las francesas Brigitte Bardot o Ursula Andress, con la esperanza de que nos dieran un filo de sus intimidades superiores. 
También nos admirabamos de aquellos filmes del neorrealismo italiano o la nueva ola francesa que ni idea teniamos de su clasificación en las corrientes cinematograficas, pero que nunca nos permitieron tirar el más mínimo pestañazo.  
Ahora nos parece increíble, una sala cinematografica llena de gente de todas las edades disfrutando de una película donde no abundaban tiros, monstruos, ni espectaculares choques de autos, sino buen cine, ese que poco nos importaba que llegara acompañado del fuerte ruido de los ventiladores que intentaban mitigar el calor, sin rositas de maíz, con el rollo que se partía a cada rato interrumpiendo la proyección, ese cine en que risa y reflexión nos encaminaron a pensar mejor.

jueves, 1 de marzo de 2012

La Higuera, el silencio.




Escuelita de La Higuera (fotos del autor)
En la Higuera  hay un silencio de esos que ocurren en la espera de malas noticias, es el lugar más solitario que he encontrado en la tierra. No es todavía un caserío olvidado porque allí emergió una leyenda el 9 de octubre de 1967 cuando el suboficial Mario Terán disparó al cuerpo del guerrillero Che Guevara, acabando con su vida. Aun así es un lugar donde no me explico que haya gente. 
En la tarde de ayer a más de seis años de mi visita a La Higuera volví a sentir ese silencio que suena, cuando finalizó con la misma magia que empezó el aguacero donde un intenso sol empujó las sombras de gotas de agua contra el cristal creando una inexplicable y fantástica  visión. Quise escribir sobre el silencio de La Higuera, pero solo recordaba la absurda tranquilidad que allí encontré. Afortunadamente conservo las notas y  alguna fotos de aquel día:

... me fui a La Higuera donde habían matado al Che Guevara 37 años antes, después de ser capturado en una emboscada el día anterior. Me senté en el asiento delantero del auto que conducía una mujer (Marina), detrás se apilaban varias campesinas, la mayor una anciana de más de 80 años comenzó en el momento de partir una oración pidiendo protección para todos en el viaje. El taxi empezó a sortear lomas y angostos caminos  llenos de precipicios, el frío era fuerte y aumentaba según subíamos, yo en esa parte del viaje casi ni hablé, solo me dedicaba a disfrutar del nuevo, bello y peligroso paisaje, también  a escuchar de los chismes que como en Cuba comentaban las pasajeras y la conductora. Seguimos subiendo y llegamos a una altura  de 2755 metros en un lugar llamado El Rodeo, en el cual se bajó una pasajera, yo seguía admirado mirando como los picos de las montañas me quedaban abajo, pero ya tenía mucha confianza en la habilidad de la conductora. A la salida de Valle Grande la vegetación era espesa y frondosa, pero una vez que comenzamos a subir  los árboles eran muy escasos y la vegetación xerofítica, matizada por tunas y otros arbustos pequeños, espinosos y  exentos de verdor.
En Pucará, otro pueblito perdido en la historia se bajaron los restantes pasajeros, es un lugar con poco más de 100 casas, las calles son de lajas y es notable la presencia inca allí tanto en las construcciones como en la gente que todavía conservan las tradiciones de aquella cultura.
El recorrido de Pucará a La Higuera duró más de media hora, el camino era muy malo. A eso de las 10 y media nos detuvimos, allí debajo en un descampado estaba la quebrada del Yuro o del Churo como le dicen ellos, quedaba a unos escasos 300 metros pero el frío era grande, el camino difícil y no me alenté a bajar solo, tomé algunas imágenes con la cámara de video ya que el polvo de quemas cercanas que le llaman chaqueos  y la neblina, junto a lo nublado del día disminuían mucho la visibilidad. La conductora del auto me sugirió que quizás al regreso se vería mejor. 
Pocos minutos después entramos a La Higuera, era el mismo lugar de las fotos de los libros de textos, de las  revistas, de las ilustraciones del diario del Che Guevara que casi siempre había visto en blanco y negro y se me aparecía de pronto con todos los colores de la vida. Al llegar sentí una sensación extraña, como si algo me envolviera, era sin dudas el encuentro con una historia tantas veces escuchada y de la que en los últimos días me había incorporado otras versiones que desconocía.
Acompañado por la taxista fui a una especie de museo que era una casa donde unos pocos jóvenes visitantes dormían en colchones, allí había varios objetos que dicen pertenecieron a la guerrilla y que puse en duda sin decírselo a ellos, filmé algo y me fui a tomar imágenes por todo el pueblo.
Caminé por la única calle de no mas de 400 metros y con unas 15 casas alrededor en el más absoluto silencio que haya conocido, la poca gente está acostumbrada a los turistas y yo no era más que eso, claro con la excepción de ser cubano que hace mucho no pasaba ninguno por allá. Aunque caía una lluvia fina tardé muy poco en filmar todas las imágenes que quería, después filmé el exterior de lo que fue la escuela donde murió el Che, que no es más que un cuarto de cuatro por cinco metros, que ahora lo han arreglado tanto que ya no se parece a lo que fue. Un señor me abrió la puerta y me mostró lo que había por dentro que realmente era algo que desvirtuaba lo que de histórico tiene el lugar, ya que lo habían engalanado con modernos cuadros del guerrillero y un decorado que nada tiene que ver con eso, luego el señor me habló de que vio cuando traían al Che con sus compañeros y otras cosas relacionadas con la guerrilla en aquellos días. 
Cuando no tenía más que hacer y pensaba regresar se me acercaron unos bolivianos de un canal de televisión de Valle Grande, cuando descubrieron que yo era cubano hicimos una gran empatía y me bombardeaban a preguntas, nos sacamos algunas fotos, conversamos mucho.
Mientras nos retirábamos, un pequeño grupo de pobladores festejaban las ganancias que tuvieron en esos días donde el silencio y el tedio de La Higuera se interrumpió  unas horas con la visita de turistas y peregrinos  al lugar. Entonaban una canción triste, casi en un susurro, como con miedo de que el viento  esparciera su pesar.
Dejé La Higuera con la convicción de que ese pueblito algún día desaparecerá, me cuentan que muchos de sus escasos pobladores emigran a otros lugares menos apartados y con más oportunidades. Los hechos históricos allí acaecidos es lo único que mantiene la vida de ese lugar. Para ellos el Che Guevara solo tiene connotación religiosa y económica cuando algún turista lo visita, según pude apreciar las ideas que lo llevó a ese lugar con tan escasas opciones de triunfo no tienen nada que ver con la visión de sus pobladores.





Quebrada del Yuro

Niña de La Higuera

Casa de La Higuera

Casa de La Higuera

Casa de la Higuera


Animación en La Higuera

Niño de La Higuera









 

 

sábado, 25 de febrero de 2012

Llegando está el carnaval


Carnaval de Santa Cruz de la Sierra

Ese ha sido el motivo por el cual interrumpí momentáneamente los escritos que publico periódicamente, y no es que estuviera precisamente participando del carnaval local sino que en esos tres o cuatro días de festividades, esta parte del mundo como que se detiene, contaminando a todo el que está su alrededor.
No me gusta el carnaval y el de Santa Cruz mucho menos, es según mi criterio un espectáculo grupal y excesivamente comercial, no pasa de ser una reunión de amigos que festejan más allá del límite. La connotación cultural poco o nada se percibe, al menos en los lugares más céntricos porque un poco más alejado, los residentes originarios de otras regiones desfilan organizadamente con  trajes y temáticas alegóricas que sí tienen un sentido autóctono.
Es costumbre del carnaval cruceño el lanzarse agua unos a los otros, tal vez por el calor reinante en esos días, pero el agua que se tira en baldes o en globos ha evolucionado y puede ser lo mismo tinta, grasa, fango u otros fluidos de procedencia que no deja dudas por su impertinente olor. De eso no se salva nadie, ni autos, pasajeros o transeúntes sin importar edad o sexo, incluso hasta en su propia casa pueden irrumpir los alegres globazos matizando las paredes con esas fragancias que llevan su contenido, dejando una estera de manchas difícilmente de borrar. 
Lo indudable es la alegría del cruceño en esos días, su derroche de entusiasmo para carnavalear, tanto que los que no lo hacen en ocasiones son hasta mal visto, algo así como si traicionaran su alegre raza que no puso reparos en quedar sin un peso al final de esos días cuando todo vuelve a la calma, aunque persistiendo el espíritu carnavalero en las calles de la ciudad a través de la huella de tinta impregnada sólidamente las paredes, el intenso olor a cerveza que tanta publicidad mereció alabando la fiesta grande del cruceño, mezclado con la peste resultante de residuos de la refrescante bebida que evacuaron los bebedores. 
Así es el carnaval de Santa Cruz, lo toma o se va de la ciudad y creo ni de esa forma se logra borrar su dimensión. Hace algunos años decidí irme con algunos amigos a un retiro huyendo del carnaval, nos fuimos a un lugar tranquilo, era un grupo grande compuesto en su mayoría por feligreses de una iglesia evangélica. Todo comenzó bien, cultos religiosos donde el pastor nunca dejó de advertir sobre los diabólicos excesos de aquella festividad, representación de obras teatrales, danzas, concurso de canto y partidos de fútbol, muy bien organizado, dos bandos uniformados de diferentes colores conformando, cuando no eran los actores, una animada barra en apoyo a sus equipos. Todo marchó normalmente hasta el penúltimo día en que durante un partido de fútbol femenino surgió desde no se supo dónde un globo cargado de agua sobre una de las barras, sonrisas y respuesta con otro globo que partió del grupo agredido y allí mismo se formó. No paramos de lanzarnos agua hasta que llegó la despedida que coincidió con el final del carnaval mundano. Entonces me di cuenta que no existía escapatoria, en este lugar el agua me tocaría con su jubilo donde quiera que me escondiera y no me quedó otra opción que decidir: - ¡A mojarse!





lunes, 13 de febrero de 2012

En Santiago de Cuba

Calle Enramada

Recuerdo que la primera vez que fui a Santiago de Cuba llegué en un ómnibus destartalado procedente de Bayamo, era diciembre y allí de frío no había ni recuerdo. Me acompañaba un buen amigo quien me hizo caminar  por toda la ciudad en nuestra función de trabajo y alrededor de las 10 de la noche ya estaba a bordo de un refrigerado tren de vuelta a la capital. A partir de aquel día visité esa ciudad tantas veces que puedo afirmar que después de La Habana, es el lugar, en Cuba, donde más tiempo he permanecido. 
Santiago es una ciudad mágica, un lugar donde la gente se transforma y vive un mundo de risa, fiesta y alegría sin ver sus destruidas casas y el caliente pavimento ausente de vehículos automotores. Ron y música es el combustible para que el jubilo calcé sus calles pendientes y estrechas por doquier.
En una de esas tantas veces que he visitado Santiago de Cuba coincidí con el Festival de las Artes del Caribe, ardía el entusiasmo, botellas de ron pasaban de mano en mano y después de un buche se devolvía a otro u otra para que hiciera lo mismo, no importaba que te conocieran o no, estar en Santiago es ser de Santiago, allí la hospitalidad no tiene limites. Aquella noche anduve por la calle Enramada, el calor de "la olla" me traspasó el cuerpo, el sonido de la trompeta china enajenó mi psiquis y corrí arrollando junto a mis compañeros detrás de una conga, nos sumergimos en aquel trance colectivo de algarabía. Por fin llegó la madrugada y desde las lomas el primer sol de la isla, entonces  me retiré a dormir, mejor dicho a soñar en lo que puede ocurrir cuando uno va a Santiago.


A SANTIAGO
                                                       “A mis amigos Román, Causa,  y el “old Nodarse” dondequiera que esté”

Desde el avión y aunque no lo crean ya se sentía el calor, no sé si era porque estábamos a primero de junio… pero bueno el caso es que en Santiago de Cuba siempre hay calor, aunque sigo pensando que aquel día fue más, mucho más.
Ya en el aeropuerto, y como siempre me temo, no había nadie esperándonos, Abel o Caín como pensé que se llamaba en aquel momento el “compañero designado para recibirnos” no apareció por ningún lado en su yipi ruso de cuatro puertas, por suerte aun habían taxis Lada en moneda nacional y después de pasar mil y un apuro para meter en el diminuto  auto la cantidad de tarecos que llevábamos, necesarios para el trabajo, partimos cuan bólidos para el hotelito.
-      El nombre de  ”utedes” no “etá” en el “litado” oficial que mandaron de arriba - me dijo como si me conociera de toda una vida la recepcionista del hotel - mira mi vida, sí tu quiere  vete corriendo para la empresa que “etá” allí cerquita en calle 4, apúrate “polque” hoy es sábado y lo compañeros trabajan nada más que “hata” las 12.
Los demás me miraron suplicantes, tiré mi mochila y se me abrió el bolsillo exterior escapando una caja de preservativos. La recepcionista gorda y mulata murmuró:
-       Vea, ni que aquí no hubieran, si la “falmacias” “etan” llenas de gomitas.
Dos horas después ya estaba en el hotelito de vuelta con las reservaciones en mi mano cuan trofeo conquistado en cruenta batalla, la chica de la recepción nos “acotejó” en un pequeño apartamento de tres cuartos, el más grande para mí y Causa quien se llama igual que yo por lo que siempre lo mencionaré por el apellido, la otra para Sergio y Nodarse (siempre refunfuñando porque decía que su aire acondicionado no enfriaba mucho), la otra para Abel y el chofer, cuando aparecieran.
 Después del baño fuimos a almorzar hasta hartarnos, Nodarse no, él solamente pidió rueda de Emperador que increíblemente era lo más barato y refrescos porque decía que quería hacer dieta y todos sabíamos que la dieta era solo de bolsillo, después cada uno para su cama pues aparte de que teníamos tremendo sueño no había quien estuviera fuera del aire acondicionado por el jodido calor.
En la noche nos volvimos a bañar, vestirnos de salir y después de comer suculentamente (Nodarse pidió calamares y no supe si lo hacia para ahorrar o para molestarme porque el sabe que yo no resisto el olor de esos bichos a 20 metros de distancia), salimos a recorrer Santiago.
 Ya en calle Enramada, Causa fue absorbido por una entusiasta conga que pregonaba a golpe de guaguancó...”iba matando canalla, con su cañón de futuro prinquipí prinquipó”. Cerca de la calle Heredia a Nodarse le entró ganas de orinar y se fue a casa de Arcristo un amigo suyo de cuando  trabajaba en hidroeconomía que ahora se llama recursos hidráulicos como años atrás. Sergio y yo seguimos Enramada abajo chocando con santiagueros y santiagueras que sin conocerte te invitaban a beber de su botella el mejor y el peor ron del mundo, las camisas parecían mojadas y el calor parecía salir de la tierra - ¿será por eso que le dicen la olla? - preguntó Sergio quien visitaba la ciudad por vez primera -...subir Aguilera y bajar al Caney... - decía el cantante de Karachi con la cara sudada mientras que cinco trombonistas parecían desinflarse para lograr la champola de trombones como anunciaba el solista, apenas se extinguía aquella música apareció más abajo la voz de tiburón Morales tapándose la oreja con la mano y sugiriendo..”vamo pal” monte mulata, mientras que cuatro músicos con cara de pulidos oficinistas aseguraban acopladamente - Montando en coche...La noche parecía que nunca se acababa y ni los santiagueros y mucho menos nosotros queríamos que eso pasara. El calor se olvidó con la música y el ron Caney, éramos parte de un todo, de algo irrepetible como cualquier momento de la fiesta del Caribe en Santiago.
Más abajo en el parque Céspedes hallamos o mejor dicho divisamos a Causa, su seriedad seguramente se le había quedado en la primera esquina bajando Enramada y ahora formaba parte de un entusiasta coro que entonaba -...a mi me gusta que baile Marieta...- mientras que el Guayabero soltaba picantes estrofas disfrazadas  en sin par juego de palabras, después otro “viejito parejero”, con sombrero y que le decían los que lo conocían compay , como a todo el mundo, cantó un delicioso bolero dedicado sin sonrojo a una de esas bellas rubias que emergen del colorido santiaguero. Sergio y yo nos alejamos un poco del bullicio y nos fuimos a un kiosco de cervezas o a lo que creíamos que era eso, pero nos equivocamos de plano pues ahí lo que vendían era ropa y artículos del hogar, cuando vine a darme cuenta ya Sergio estaba tratando de conquistar a la mulata dependiente, yo para no quedarme atrás lo intenté con la rubia también trabajadora de allí que llegó con un caminar que parecía dueña del mundo. La rubia me cayó bien pero le faltaba un colmillo y tres minutos después ya le encontré mil defectos, Sergio, mulato al fin, enseguida que se dio cuenta de mi alejamiento  dejó plantada a su futura victima y desató una “artillería pesada” sobre la joven, ocasión que aproveché para acercarme a la mulata.
Todo culminó en el entonces reluciente restaurante del 20 plantas, sin saber cómo y contando mentalmente cuanto me quedaría de la dieta después del banquete porque la mulata de quien aun no conocía su nombre pidió desde bistec de palomilla hasta helado flameado y yo por pena y por machismo tuve que imitarla, sin contar las cervezas. Cuando vino el camarero con el platico sobre el que pesaba la cuenta bajo un delicado paño con las iniciales del restaurante bordadas quise morir, entonces Dorny que ya me había dicho como se llamaba dijo:
     -   No mijo no, yo soy la que lo invitó, “uté” no es de acá y yo tengo “batante” plata que me la sé “bucal”. Por mucho que intenté dramáticamente  sacar el dinero, ella insistió dejando incluso una propina que hizo que por poco el cantinero nos llevara cargados hasta el ascensor.
Ya en la parada mientras esperábamos la guagua o un taxi que prometió pagar intenté llevarla hasta un oscuro pasillo cercano. Ella al momento se percató de mi intención y casi me arrastró hasta el lugar. El primer beso fue intenso, tan intenso que juro que mis labios sangraron y la vocación de ventosa de sus labios era tanta que temí que absorbieran todos mis órganos internos , sentí claramente como el corazón, los riñones y cuanta visera tuviera en mi interior pugnaban por correr absorbida por su boca. Cuando me soltó me sentí mareado o más bien embriagado de aquella mujer, le pedí que fuera conmigo para el hotelito pero me dijo que ya era muy tarde, enloquecido le pedí  acompañarla a su casa a lo que me respondió: - tu “etas” loco, el hombre debe etar dulmiendo allá hoy y si te coge....
  -  ¿Tú eres casada? – pregunté temeroso
  -  Ná yo “etoy” con el hombre que é de la Habana igual que tú, el “etá” casado allá pero trabaja aquí, es cantante en un cabaré de la playa...casi siempre se queda en mi casa.
Por supuesto no insistí, al poco tiempo llegó el ómnibus, yo me bajé antes y llegué al hotelito con el dolor de huevos más grande que había soportado desde que dejé de bailar con la música de Feliciano en fiestas de quinceañeras.
La otra noche fue más increíble, los tambores tronaban como cañonazos y las cinturas vibraban como si el epicentro de un sismo estuviera en esa parte del cuerpo, el sudor corría por los cuerpos como arroyo de la montaña y todos los que traspasábamos esas calles caíamos en éxtasis e imitábamos al resto con su movimiento y sudor, parecía que aquello no acabaría nunca y que la noche no daría tregua, pero hubo un instante, un pequeño y poderoso instante que por casualidad o por magia que no era nada descartable en ese momento. La música se detuvo, todas las interpretaciones llegaron al final casualmente y tomamos un aire, me pareció que como en una película todo se movía en cámara lenta y sin sonido, entonces la vi y le grité pero no me escuchó y yo tampoco me oía, corrí en cámara lenta  pero apenas me movía. La música arrancó de nuevo y también la vida, me vi atraído hacia ella que me esperaba con los brazos abiertos al tiempo que decía: - No te apures muchacho, si yo sé que tú ibas a venir. La agarré fuerte y sin hablar la arrastré del gentío y la música,  sin saber cómo me vi en el interior de un taxi con la mulata que sonriente terminaba de darle una dirección al conductor.
Para pasar a su casa había que traspasar una enorme verja y varios metros  más adelante, caminando en la oscuridad llegamos a la vivienda. Adentro todo era ritmo también, tres niños entre siete y diez años bailaban al compás de la música que escapaba del radio a increíbles decibeles, una jovencita delgada de piel trigueña llevaba el ritmo de la canción como si danzara un ballet clásico. Mi acompañante apagó el radio:
    -   “Ete”é un amigo de la Habana así que dejen el “ecandalo”; y llegó la paz, las cervezas, los chicharrones y las presentaciones .
    -   Ellos “tre” son mis hijos y ella mi hermana, bueno y ya que se conocen váyanse a “dormil”,  y nos sentamos en el patio con un ventilador de frente y así y todo seguía el calor  que fue más intenso cuando  con el menor desenfado cerró la puerta que daba a la casa diciéndome
    -  Para cuando se arme el “traqueteo” no se sienta allá adentro.
Se plantó frente a mí levantándome de la silla, de nuevo aquel beso de ventosa, absorbiéndome, sacando de lugar uno a uno todos mis órganos, mis venas, mi cerebro, haciendo un puente entre ella y yo a través de su lengua de encanto. Cuando me soltó ya no tenía ropa y su cuerpo de intenso mestizaje adornaba  la noche y lo hacía parte o mejor complemento de la luna en escaso cuarto menguante Sobre la silla hicimos el amor que creo que en cierta forma inventamos con gran y maravillosa aporte de ella hasta que la humedad de la madrugada, fundida con la nuestra, nos devolvió a la realidad. Sin la menor prisa nos pusimos la ropa, mirándonos el uno a la otra y viceversa, como queriendo que nuestros cuerpos sudorosos y aun excitados quedaran en nuestras mentes para siempre, después me invitó a un café fuerte y con un beso suave, pacifico, de escolar salí por aquellas calles de música alegría y sudor.
El día siguiente lo pasé trabajando y pensando que aquello no pudo ser real, Causa, Abel y por supuesto Nodarse se quedaron a comer en un restaurante cerca del Morro, que el último recomendó porque era muy barato, pero yo seguí porque quería comprar un disco de La Original. El chofer se apuró y entró con el yipi ruso de cuatro puertas por la calle Enramada, a sabiendas que pronto sería cerrada por las grandes puertas que la limitan del transito de autos a las seis de la tarde, yo enseguida compré el disco,  ya caía la noche, empezaban a afinar los instrumentos y fluir el calor como sangre por el cuerpo de Santiago. Buscando como salir de aquella calle llena de gente ella me vio, entró la mitad de su cuerpo por la ventanilla que nunca usó cristal y me besó con su furia cotidiana, entonces se viró y señalándome a su acompañante, un hombre blanco, enorme y lleno de pelos que no dejaba de mostrar una noble sonrisa me dijo:
     -   Ah ¿pero utedes no se conocen? Mira “ete” es el hombre.
 Él me dio la mano fuerte y entusiasta, como el que adquiere un nuevo amigo y me dijo.
    -   Mucho gusto, pero qué le hiciste a esta mujer que con sus gritos casi ni me dejó dormir anoche.
Yo me quedé atónito y ella sacó la mitad  de su cuerpo del yipi, se enroscó al hombre y se perdieron bailando calle Enramada abajo,  mientras yo me quedaba sin poder decir nada y ya la música empezaba a sonar en serio, el chofer buscaba una calle que nos llevara a la realidad, que aunque no quisiéramos, debía existir en alguna parte de esa mágica ciudad.


sábado, 4 de febrero de 2012

FEBRERO



Este segundo mes del año me parece un poco aburrido, sobre todo aquí en el bochornoso calor del hemisferio sur, donde en ocasiones lo matizan con un nada cultural carnaval, en los que prevalece el relajo condenado en los días restantes,  por la  malparada o mejor dicho  malparida doble moral.
Pero en el norte, que también existe, febrero tampoco dice mucho . Tal vez por ser el segundo mes del año se ve opacado por el primero y si no fuera por el Día de San Valentin o de los  Enamorados que se celebra en  algunos países de esta antípoda, pasaría a ser cuando más, el que menos días tiene, el que menos tiempo se trabaja o se vive, aun los que traen 29 días como el actual.
Imagino que febrero hace sentir mal a mucha gente, eso he percibido en estos días y cito lo que me ocurrió en el aeropuerto de Viru Viru cuando al reclamar a una  empleada que ¿atendía? a los pasajeros de la línea AEROSUR y uno de sus compañeros me dijo que yo le faltaba el respeto a ella cuando en realidad eran ellos quienes se lo faltaban a todos los usuarios de esa línea que mal trataban a pesar de que no recibían el servicio gratis, después llegó "la responsable" sin una gota de sonrisa y un manojo de justificaciones pero no resolvió nada de nada y todo quedó igual, por último la empleada a quien reclamé primero, alegó en forma victoriosa que no era la primera vez que alguien se quejaba del servicio, como si eso fuera un aval para esa empresa. Resignado me fui a acompañar a la persona que viajaba, a quien por cierto el vuelo se le retrasó más de una hora en salir.
Los avatares de febrero continuaron cuando tuve la necesidad de sacar dinero en mi exigua cuenta en el BCP, sí, ese mismo banco al cual acusaba un señor de cabello largo dando largas arengas, sentado frente a algunas de sus sedes en una cómoda silla de oficina mientras dos personas más portaban un enorme cartel cargado de reclamos millonarios, que en ocasiones itineraba por toda la ciudad.  Hasta me reí pensando que era un loco, pero ahora me doy cuenta que no, porque a pesar que la diferencia de lo que reclamaba él con lo mio es infinitamente abismal, también tengo mi "derechito" a sentirme mal. Una tarde de este mes llegué a una de las sucursales del BCP, estaba completamente vacía para mi suerte, pero - ay de mí - cuando fueron a hacer el trámite para mi extracción, la tarjeta (que me habían entregado hace solo dos meses y por la cual me cobraron 70 Bs), no funcionaba. Me hablaron (sin escatimar sonrisas y amabilidad), de varias causas pero la única solución fue que me hacían una nueva cobrándome lo mismo porque para extraer (no para depositar) en ese banco, es imprescindible tener tarjeta. No lo entendí y defraudado me retiré pensando cómo hacer para librarme de esa "multa", pero sin mi dinero, que yace "seguro" en sus arcas.
En fin que parece que febrero no es un mes ideal, al menos para mi, por lo que  pienso seguir el ejemplo de esas marmotas que anuncian en el hemisferio norte (por supuesto), cuánto más va a durar el invierno y como en la actualidad ya no se las comen, ir a dormir profundamente hasta que pase el mes más corto esperando cuatro años más para ver si las cosas mejoran y festejar mi cumpleaños.

fotos tomadas prestado de Internet

viernes, 27 de enero de 2012

Con Gianella y Martí

Gianella
Hace 16 años esperábamos la llegada de Gianella, mi hija menor. En el aire flotaba, sin decirlo nadie, la idea que aguantara hasta el otro día - solo unas horitas - para que naciera el 28 y tal vez, como era de costumbre, podían obsequiarle una canastilla que se agregaría a la que vendían por la libreta de racionamiento y así asegurar un poco más de pañales, culeros y esa ropita olorosa y aséptica que requiere cada niño al nacer. Ella, como siempre, caprichosa e independiente emergió, con su desde entonces espigada figura, a la luz de la luna  sin esperar al otro día, 28 de enero, y coincidir con el natalicio del Apóstol de la independencia cubana José Martí.
A sus 16 años no lo lamenta, porque para querer a Martí no es necesario haber nacido el mismo día que él, ni mucho menos andar repitiendo el cliché (que reconozco también he utilizado):  - como dijo Martí...
Sin dudas él ha sido no solo el más universal de los cubanos sino el mejor de todos nosotros, el más visionario aunque también el más utilizado, a su forma, por cuanto bando político ha existido y existe, con la característica de que nunca lo han cuestionado, aunque algunos evitan apreciarlo como un hombre común con defectos y virtudes. Ese último es el que prefiero, el hombre que en su corta vida supo ver el futuro de nuestras tierras, sus enemigos externos e internos, quien nos alertó y alentó a construir Nuestra America, sin odios, rencores, ni caudillos, quien nos enseño a ver la luz de sol y agradecerla aunque  recordándonos de sus manchas.
Poeta, escritor, traductor, periodista y orador de  prosa ardiente supo cumplir con su precepto de ...el hijo de un pueblo esclavo vive por él calla y muere. Así murió, de frente al opresor y de cara al sol.
En el año 1880 Martí escribió una carta a su hermana Amelia, tan adolescente como es mi hija hoy. Basándome en la vigencia que tenía y aun tienen en estas tierras aquellos consejos centenarios que acometió en su misiva, me animé a realizar un cortometraje, que como dije  en su estreno  telesivo en el programa Prismas, del inolvidable Ángel (el chino) Ma Argudín, solo traté de saldar una parte de mi deuda a José Martí, esa que tenemos todos los cubanos con el guía eterno de nuestra nación. 
También me permito en la distancia dedicar esta producción a mi hija Gianella y también a su hermana mayor quien acaba de enorgullecerme con una notable muestra de entereza y valor.




Carta de José Martí a su hermana Amelia


Nueva York, 1880
Tengo delante de mí, mi hermosa Amelia, como una joya rara y de luz blanda y pura, tu cariñosa carta. Ahí está tu alma serena, sin mancha, sin locas impaciencias. Ahí está tu espíritu tierno, que rebosa de ti como la esencia de las primeras flores de mayo. Por eso quiero yo que te guardes de vientos violentos y traidores, y te escondas en tí a verlos pasar: que como las aves de rapiña por los aires, andan los vientos por la tierra en busca de la esencia de las flores. Toda la felicidad de la vida, Amelia, está en no confundir el ansia de amor que se siente a tus años con ese amor soberano, hondo y dominador que no florece en el alma sino después del largo examen, detenidísimo conocimiento, y fiel y prolongada compañía de la criatura en quien el amor ha de ponerse. Hay en nuestra tierra una desastrosa costumbre de confundir la simpatía amorosa con el cariño decisivo e incambiable que lleva a un matrimonio que no se rompe, ni en las tierras donde esto se puede, sino rompiendo el corazón de los amantes desunidos. Y en vez de ponerse el hombre y la mujer que se sienten acercados por una simpatía agradable, nacida a veces de la prisa que tiene el alma en flor por darse al viento, y no de que otro nos inspire amor, sino del deseo que tenemos nosotros de sentirlo;-en vez de ponerse doncel y doncella como a prueba, confesándose su mutua simpatía y distinguiéndola del amor que ha de ser cosa distinta, y viene luego, y a veces no nace, ni tiene ocasión de nacer, sino después del matrimonio, se obligan las dos criaturas desconocidas a un afecto que no puede haber brotado sino de conocerse íntimamente.-Empiezan las relaciones de amor en nuestra tierra por donde debieran terminar.-Una mujer de alma severa e inteligencia justa debe distinguir entre el placer íntimo y vivo, que semeja el amor sin serlo, sentido al ver a un hombre que es en apariencia digno de ser estimado,-y ese otro amor definitivo y grandioso, que, como es el apegamiento inefable de un espíritu a otro, no puede nacer sino de la seguridad de que el espíritu al que el nuestro se une tiene derecho, por su fidelidad, por su hermosura, por su delicadeza, a esta consagración tierna y valerosa que ha de durar toda la vida.-Ve que yo soy un excelente médico de almas, y te juro, por la cabecita de mi hijo, que eso que te digo es un código de ventura, y que quien olvide mi código no será venturoso. He visto mucho en lo hondo de los demás, y mucho en lo hondo de mí mismo. Aprovecha mis lecciones. No creas, mi hermosa Amelia, en que los cariños que se pintan en las novelas vulgares, y apenas hay novela que no lo sea, por escritores que escriben novelas porque no son capaces de escribir cosas más altas-copian realmente la vida, ni son ley de ella. Una mujer joven que ve escrito que el amor de todas las heroínas de sus libros, o el de sus amigas que los han leído como ella, empieza a modo de relámpago, con un poder devastador y eléctrico-supone, cuando siente la primera dulce simpatía amorosa, que le tocó su vez en el juego humano, y que su afecto ha de tener las mismas formas, rapidez e intensidad de esos afectillos de librejos, escritos-créemelo Amelia-por gentes incapaces de poner remedio a las tremendas amarguras que origina su modo convencional e irreflexivo de describir pasiones que no existen, o existen de una manera diferente de aquella con que las describen. ¿Tú ves un árbol? ¿Tú ves cuánto tarda en colgar la naranja dorada, o la granada roja, de la rama gruesa? Pues, ahondando en la vida, se ve que todo sigue el mismo proceso. El amor, como el árbol, ha de pasar de semilla a arbolillo, a flor, y a fruto.-Cuéntame Amelia mía, cuanto pase en tu alma. Y dime de todos los lobos que pasen a tu puerta; y de todos los vientos que anden en busca de perfume. Y ayúdate de mí para ser venturosa, que yo no puedo ser feliz, pero sé la manera de hacer feliz a los otros.
No creas que aquí acabo mi carta. Es que hacía tiempo que quería decirte eso, y he empezado por decírtelo.-De mí, te hablaré otro jueves.-En éste sólo he de decirte que ando como piloto de mí mismo, haciendo frente a todos los vientos de la vida, y sacando a flote un noble y hermoso barco, tan trabajado ya de viajar, que va haciendo agua.-A papá que te explique esto que él es un valeroso marino.-Tú no sabes, Amelia mía, toda la veneración y respeto ternísimo que merece nuestro padre. Allí donde lo ves, lleno de vejeces y caprichos, es un hombre de una virtud extraordinaria. Ahora que vivo, ahora sé todo el valor de su energía y todos los raros y excelsos méritos de su naturaleza pura y franca. Piensa en lo que te digo. No se paren en detalles, hechos para ojos pequeños. Ese anciano es una magnífica figura. Endúlcenle la vida. Sonrían de sus vejeces. El nunca ha sido viejo para amar.
Ahora, adiós de veras.
Escríbeme sin tasa y sin estudio, que yo no soy tu censor, ni tu examinador, sino tu hermano. Un pliego de letra desordenada y renglones mal hechos, donde yo sienta palpitar tu corazón y te oiga hablar sin reparos ni miedos-me parecerá más bella que una carta esmerada escrita con el temor de parecerme mal.-Ve: el cariño es la más correcta y elocuente de todas las gramáticas. Di ¡ternura! y ya eres una mujer elocuentísima.
Nadie te ha dado nunca mejor abrazo que éste que te mando.
¡Que no tarde el tuyo!
Tu hermano
J. Martí


viernes, 20 de enero de 2012

Sí, de béisbol se trata

Industriales vs Las Tunas. Foto del autor


Una vez vi un cortometraje en el cual los padres le comunican a su hijo que ellos no eran terrícolas sino extraterrestres, que estaban cumpliendo una misión en la tierra y debían regresar a su planeta, el niño curioso le preguntó si en el planeta de donde eran oriundos e irían por el resto de sus vidas había  béisbol...
En aquel momento no pude tener la certeza de qué es vivir sin béisbol, como ahora. Vivir sin "la pelota", como también le decimos  los cubanos es una carga más al tedio de vivir lejos, y peor todavía con el mar fuera de los limites del país donde resido (que no es precisamente Suiza), donde el fútbol más que pasión es casi religión a pesar de los pobres resultados que han obtenido históricamente .
Cuando bates, guantes y pelotas eran accesibles, ese era el regalo al nacer un hijo varón. Muchos padres sonrientes  ante el primer llanto y la revisión entrepiernica exclamaban con orgullo - este va  ser pelotero. Porque la pelota es parte de cualquier cubano y aunque alguno que otro quiera negarlo no puede obviar que desde niños nos llenan el corazón nombres como José de la Caridad Mendez, Martin Dhigo, Conrado Marrero, Adolfo Luke, Miñoso, Changa Mederos, Huelga, Marquetti, Kendri, el Duke, los Mesa, Vinent, Lazo y muchísimos más, fallecidos, vivos, activos, en Cuba o cualquier parte del mundo, nos marcan como hijos de esa isla de bolas y strikes.
El béisbol, aunque alguna gente no lo entienda y diga que es un juego de ociosos, combina fuerza e inteligencia. Manager de un equipo no puede ser cualquiera, aunque todos los cubanos tenemos mucho de eso, hay que estar preparado para dirigir a sus jugadores  conociendo que al frente, en el otro dogaut está su rival pensando qué estará pensando él. Así, en estrategias y tácticas se desarrolla un juego de pelota, previendo cuando mandar a robar base a un corredor teniendo en cuenta la velocidad que este desarrolla, el tiempo que tarda el lanzador en hacer los movimientos y la potencia del brazo del receptor, por solo citar un ejemplo de lo que es el béisbol, un deporte cuyo reglamento es comparable con cualquier código legal.
Por eso lo amo, no tengo otra forma de describirlo a pesar que he sido mejor aficionado que jugador, debe haber sido por eso que de adolescente me  arriesgué a aglutinar un puñado de amigos del barrio y compañeros de estudio para  formar un equipo e irnos a jugar a otros barrios, para "echar  pitenes" que podía terminar lo mismo en derrota que en victoria (en la pelota no hay empate), o en ocasiones en tumultuaria pelea por una cuestionada decisión o alguna desproporcionada burla hacia algún jugador  o al arbitro (si había).
Muchas tardes y noches cambiábamos una salida a una fiesta o un escape al cine con la novia por irnos al Estadio Latinoamericano para ver jugar nuestro equipo favorito, allí todos nos transformamos y el callado gritaba a más no poder por alguna buena o mala jugada de su equipo o del contrario, da igual, pero el colmo del desgañite llegaba ante lo que suponíamos una mala decisión de cualquiera de los árbitros contra el equipo local.
Ferviente seguidor de los Industriales, aunque admirador de incontables jugadores de equipos rivales, siento ese amor por la pelota  como dice la canción. También me he sentido solo y no en la extensión del centerfiel en terrenos de béisbol como los de la Campana, el Potrero o la Cujae, sino en una ciudad llena de gente que no pueden imaginar qué cosa es un jonron. Por eso, entre mis tantos sueños, si de pelota se trata, sueño en azul. 


sábado, 14 de enero de 2012

Yo quise ser torero

Salvador Dalí. "El torero, de la Mata"
Pero no pasó de unos burlones - oleee - que vociferaban mis amigos cuando en pos de un fly bateado a mi posición corría hacía adelante y hacía atrás de la pelota mal calculada, ya que esa errada maniobra para atrapar una pelota en el béisbol se le llama en buen cubano torear. Incluso a veces hasta lo hice intencionalmente (no fui el único) para que me gritaran torero y así impresionar a alguna colegiala que no conocía la ofensa y lo identificaba más bien con una película de moda que contaba la historia de un novel mataor español.
De todas formas era poco probable que pudiera ser torero, en nuestra isla la corridas de toros no pasaban de noticias y películas o algún que otro arriesgado, sobre todo en zonas rurales, que pretendía probar suerte con novillos criollos. Plazas, banderillas, estoques y mataores se lo dejámos a España, México, Colombia, Perú y otros países que si se lo toman en serio, no obstante  muchas veces soñé despierto vestir el traje de luces y enfrentarme en alguna plaza repleta a una bestia ensangrentada por las banderillas, con la boca espumosa y los cuernos afilados.
Gracias a revistas que pasaban de mano en mano conocimos a Manolete, Dominguín, Paco Camino, El Cordobés, Palomo Linares (nuestro principal inspirador por sus películas), Paquirri y otros. Después el personaje de Juncal, casi hecho realidad en la piel y el talento histrionico de Francisco Raval, mantuvieron viva la afición de lanzarnos al ruedo aun día.
La sangre de  toros y toreros  ha  provocado que cada día se alcen más voces en contra de las corridas alegando la dosis de violencia que en ella se generan junto el maltrato al los animales, en lo que no les falta razón. Por otra parte los defensores del arte taurino quienes ven en una corrida, más que el acto de enfrentarse al animal, una ceremonia que va desde la misma crianza del toro hasta el vestuario de los participantes, incluyendo música, adornos y demás rituales que han sido fuente de inspiración a través de siglos de pintores, escultores, músicos, cineasta, dramaturgos y un sin fin de expresiones artísticas.
Hace mucho tiempo que no me interesa torear, a veces lamento el no haberlo intentado. Creo que no fuimos toreros por una situación de fatalismo taurino, en realidad no tuvimos la alternativa de arriesgar la vida, aunque fuera de espontaneo en cualquier tarde de domingo, de convertirnos en marinero de luces y no quedarnos como oscuros náufragos en la costa.

"El toreo es un arte misterioso, mitad vicio y mitad ballet. Es un mundo abigarrado, caricaturesco, vivísimo y entrañable el que vivimos los que, un día soñamos con ser toreros."
Camilo José Cela




martes, 3 de enero de 2012

Valle Grande


(Fotografías de Carlos Bravo y el autor)
Para mi era solo un pequeño poblado de monótonas edificaciones al final de la Autopista del Mediodía, justamente donde terminaba su recorrido la ruta 36 de la cual se decía que tardaba siglos en pasar. Después supe que su nombre era en honor a un pueblo boliviano donde se expusieron los restos del guerrillero Che Guevara y parte de sus combatientes, en la lavandería del hospital local. Eso fue lo que le dio connotación en Cuba, tal vez más que en Bolivia donde Valle Grande se conoce tanto por su carnaval, su comida y su música, que por aquel acontecimiento.
Valle Grande a más de 2000 metros sobre el nivel del mar, con un envidiable clima y hermosa vegetación es una zona en la cual  se puede apreciar una fusión de la inmensa diversidad cultural de Bolivia, lo que me  hace pensar que la pequeña ciudad ha sido una especie de puente entre el oriente y el occidente boliviano formándose un marcado mestizaje que se aprecia desde la forma de hablar hasta el vestir, las comidas y la música.
Es notable  escuchar hablar de sus habitantes como si fueran de un lugar ajeno. En cualquier región de la amplia geografía boliviana por extrema que sea se pondera el sabroso asadito vallegrandino, el sandwich de picana o simplemente el pan que elaboran de forma casera destacado por su buen buen sabor y que anuncian que lo han terminado de elaborar colocando una mesa con un mantel blanco en la puerta de la vivienda donde se ha hecho.
Una de los lugares que tuve la oportunidad de visitar en mis primeros tiempos en tierras bolivianas fue Valle Grande, durante dos fines de semana consecutivos acompañé a un amigo que  impartía cátedra en una filial universitaria allí enclavada. Aunque en ninguna de las dos ocasiones coincidimos con su tradicional carnaval  me contaron que desde que comienza no para hasta tres días después y que comida y bebida anda a mano suelta haciendo que el visitante se retire satisfecho de tan sincera hospitalidad. 
De lo que si fui testigo fue de una guitarreada en la noche de despedida, aun recuerdo aquella música que surgió de una pequeña improvisación y terminó en un único concierto que describí en una carta enviada a mi hijo en noviembre de 2004 y de la que comparto algunos fragmentos:
"Estuve todo este fin de semana en Valle Grande, salí el viernes temprano y pensé que me iba a aburrir pero todo fue diferente a como  imaginé, llegamos el viernes y mientras Carlos daba clases en la noche caminé el pueblo que ya me conozco de memoria. Esta vez conocí a un arquitecto que es también medio dueño del hostal donde nos alojamos e hicimos buena amistad, cuando se terminaron las clases fuimos a comer al restaurante de un alemán donde se come de maravillas y hay una bella visión del pueblo.
A la mañana siguiente el arquitecto me llevó por todo el pueblo que realmente es muy lindo y con características coloniales donde sobresale la cultura indígena occidental, yo andaba con las cámaras y tomé muchas fotos e imágenes de video ya que quiero hacer un documental sobre el lugar. Nos fuimos adonde estuvo enterrado el Che y volví a hacer más fotos y vídeo. 
En la noche nos invitaron a una fiesta de cumpleaños, cuando llegamos a la casa no se sentía música ni nada, éramos los primeros y el homenajeado nos recibió con cara de cansancio y nos explicó que desde las doce de la noche lo habían despertado con una tradicional serenata y todo había sido festejo, nos puso una jarra de chicha que es una bebida que se obtiene de la fermentación del maíz y se consume desde la épocas remotas, ya me habían advertido que no siguiera el ritmo de beber de los pobladores. Después nos invitaron a pasar al patio y descubrimos que aquello era un grupo de casas muy elegantes ya que parecen ser adinerados. Más tarde, de golpe se acabo el cansancio y llegó la alegría, comenzó a llegar gente, dos guitarristas empezaron a sonar sus instrumentos con música típica de los valles, al poco rato sentí que se agregaba otro instrumento, pensé que alguien había puesto un amplificador, pero no, era un charango, que se construye a partir de un quirquincho (tatú o armadillo), lo tocaba un hombre que se me parecía a un mecánico de carros que yo veía siempre allá en el barrio, más tarde se le sumó una mandolina y de una habitación irrumpió un señor gordo con un guitarrón que parecía que era un todo él y su instrumento, fue inolvidable, creo que pocos han tenido la oportunidad de escuchar eso, no tengo como describirlo. Después de hacerse rogar un poco el del charango que se parece al mecánico cantó y fue como si paralizara la fiesta, su voz aguda y afinada parecía salir de aquellas casas que nos rodeaban y de todo el pueblo, no podía concebir que alguien cantara de esa forma y no se conociera su nombre, aquella voz era como la voz de aquellos valles de los que conoce tan poco el resto de la humanidad." 
Ese fue el pedazo de Valle Grande que me llevé: afecto y alegría, hospitalidad sin publicidad. Una hermosa e inolvidable parte de Bolivia. 

Valle Grande, vista general
Valle Grande, vista general

Valle Grande, vista general
El autor con Valle Grande al fondo
Valle Grande, vista general
Lavandería del Hospital de Valle Grande


Lavandería del Hospital de Valle Grande (interior)
Casa de Valle Grande
¡Hay pan ¡

Calle  de Valle Grande
Mercado de Valle Grande
Calle de Valle Grande

Casa de Valle Grande (interior)