jueves, 17 de julio de 2014

Para vivir mejor. El largo y tortuoso camino de un contribuyente en Bolivia


Todo comenzó aquel día cuando se percató que su carnet de identidad estaba próximo a vencer. Salió animado en la tarde, y aunque no muy diestro en eso de ubicar direcciones, llegó sin mucho contratiempo a un lugar llamado SEGIP, donde se realizan los trámites al efecto. Había llovido y el sol ardiente aun no había evaporado el rastro de barro que dejó la rápida y fuerte lluvia, entonces sus zapatos nuevos y cómodos como ninguno, comprados en su viaje a la vecina nación conocieron el fango por primera vez.
Una vez allí y ver todo cerrado se percató de que había llegado tarde aunque sólo eran las 2. No estaba solo, dos o tres trastardados miraban confundidos la edificación donde debían atender su gestión. Alguien tocó un timbre que  se camuflaba entre  indicaciones y publicidades (ninguna decía la hora de atención), de una ventana en el piso de arriba asomó la cara de un hombre quien con su mano derecha hizo un ademán indicando que le esperaran. Bajó enseguida y solicito repartió unos papelitos donde ya se daban las indicaciones para iniciar el trámite, casi al retirarse el pequeño grupo alguien preguntó por el horario de atención y el hombre, sin dejar su amabilidad, les dijo que empezaban a las siete y treinta de la mañana - por favor, estén bien temprano que solamente damos 40 fichas, hay gente que viene a las dos de la madrugada.
A las seis de la mañana, aun de noche  ya estaba plantado frente al SEGIP (aun no sabía que querían decir aquellas siglas), delante  de él unas doce personas de diferentes nacionalidades hacía cola. Todo fue rápido, aun no eran las 8 de la mañana y ya le habían revisado los documentos sobre todo lo concerniente al depósito de 60 dólares, que es lo que cuesta el dichoso carnet para los extranjeros.  La funcionaria que lo atendió, muy amable también, le comunicó que todo estaba correcto y le dio una cita 4 meses y 21 días más tarde para hacerse la foto. Mientras se alejaba pensó, cómo era posible que si se pasaba 25 días del vencimiento de su documento de identidad le imponían una considerable multa que se acumulaba diariamente, tendría entonces que andar varios meses con el documento vencido sin que nadie pagara multa por ello. Eso y más se preguntó y es posible que aun se siga preguntando él y muchos más porque las respuestas son nulas.
Gracias a un amigo que le aconsejó que fuera de nuevo, volvió al SEGIP, allí se lo informaron oficialmente, que si iba temprano, bien temprano, podía conseguir ficha, así lo hizo y dos días después amaneció frente a la puerta de aquellas oficinas, era la decimotercera persona que llegaba, pero como no era supersticioso, esperó. Todo salió bien, antes de las ocho de la mañana ya le habían atendido y le dijeron que si quería esperar hasta las 11 o que regresara a esa hora para hacerse la foto.
En menos de una semana ya andaba con su reluciente carnet de de identidad de extranjero. Entonces decidió hacer un trámite que tenía pendiente y no podía realizar por no contar con documento de identidad: Tramitar, como cada año (algo que aun no entiende ni nadie le explica), las autorizaciones para obtener un nuevo talonario para emitir facturas que constan para pagar los impuestos por los servicios que presta.
Llegó el lunes y bien temprano se dirigió a las oficinas de impuestos internos, fue de los primeros en entrar y he ahí la primera decepción - señor este trámite ya no se hace aquí, ahoringa es en la Beni y cuarto anillo. No se decepcionó y partió raudo a las nuevas oficinas. Lo atendieron en información donde le dieron un papel impreso con todos los requisitos para hacer lo que creía una sencilla gestión.
Reunió todos los documentos solicitados, creyó que había hecho la inscripción requerida por internet y de nuevo se personó en las oficinas de impuestos internos pero…después de hacer una breve fila (prefiero decir cola), para ser atendido en información. El funcionario le explicó que ya no había ficha y no lo podían atender pues era casi las cuatro y media de la tarde y cerraban a las seis.
Ya no tan alegre concurrió otra mañana temprano, el de información lo remitió con una joven que lo atendió muy atentamente, reviso los documentos y le dijo que la inscripción no estaba correcta, que allí mismo le ayudarían a hacerla correctamente. De nuevo hizo la cola, el de información le entregó un papelito con un número. En poco tiempo fue llamado a un grupo de computadoras, tomó asiento y asesorado por dos jóvenes al efecto pudo hacer la inscripción correctamente, o al menos eso creyó.
Triunfante hizo de nuevo la cola para sacar una ficha en información que lo remitiera a la joven que atentamente le había atendido antes. El de información lo miro con pena, se rascó la cabeza, observó la hora en el celular y le dijo con voz de funeral que ya se habían acabado las fichas, que volviera al día siguiente, temprano.
Era lunes y llovía, llovía torrencialmente y en Santa Cruz de la Sierra las calles se inundan y los buses no  pueden salir a realizar su labor pues  tienen que transitar por muchas calles sin pavimentar que se convierten en verdaderos ríos, pero tuvo suerte y pudo llegar temprano a las oficinas de Impuestos Internos, era el primero y a la hora que abrieron solo sumaban tres, por supuesto bajo ese aguacero a pocos se le ocurriría ir a hacer trámites para pagar, no para cobrar dinero. Afortunadamente a la joven atenta no le impresionó la lluvia y fue a trabajar, lo atendió amablemente, observándole que el aviso de electricidad que llevaba era una copia y no el original. Ni corto ni perezoso partió bajo la lluvia a buscar el solicitado, lo encontró y regresó a Impuestos Internos.
El de información le anunció que el aviso que llevaba original no servía porque estaba vencido del tiempo mínimo exigido de 60 días, lo que era cierto pero cuando inició su tránsito por aquel largo y tortuoso camino aun faltaba mucho tiempo por vencer. De nuevo bajo la lluvia de aquella mañana que parecía no terminar, llegó a las oficinas centrales de la Cooperativa Rural de Electrificación (CRE), tampoco entendió lo de rural.  Allí le entregaron una ficha y lo enviaron a información. Con una sonrisa, la de información le informó, por supuesto, que no podían darle una copia pues él no era el propietario de donde vivía. Casi le rogó, le mostró los pagos de meses anteriores y ella impasiblemente le dijo que sólo si traía una copia del contrato de alquiler podía darle una copia del aviso de pago de electricidad de la fecha que él solicitaba.
Bajo el agua, que no cesaba, pudo conseguir una copia del contrato. Llegó de nuevo a la CRE, empapado de pies a cabeza. La de información, quien le había negado el aviso no estaba, le atendió otra que sin mirar el imprescindible contrato le entregó un reluciente aviso de luz original.
Corrió de nuevo a Impuestos Internos, gracias a la lluvia esperaban pocas personas. El de información, una vez que comprobó que el aviso de la CRE estaba correcto le entregó una ficha para pasar a la otra oficina. Desde que llegó se percató que la joven solicita atendía un caso complicado, el otro funcionario parecía que pronto iba a terminar con la persona que atendía. En su interior imploró para que no le tocara con él, su cara de ningún amigo anunciaba que le iba a  buscar algún error, una coma, un punto, una fecha, un número o algo que demostrara que tenía el poder de hacerlo ir y venir cuantas veces le viniera en gana. Así fue, apenas sin mirar el contrato de trabajo le dijo que estaba vencido y a pesar de las protestas le espetó que si no quería se quejara con el supervisor, la mañana había terminado diez minutos antes y aquel funcionario evidentemente no iba a embarcarse en un nuevo trámite.
Le explicó de su agonía lluviosa al supervisor, de los tres viajes bajo un torrente de agua a aquellas oficinas azules, el hombre de sonrisa gratis y lentes inteligentes lo comprendió, le dijo que volviera con todo lo requerido y que lo fuera a ver directamente  para que no tuviera que hacer cola y ser atendido.
Entró decidido la tarde siguiente tratando de esconder la derrota que presentía en lo más intimo de su ser. El supervisor de sonrisa gratis y lentes inteligentes, tal y como le prometió le dijo a la joven solicita que lo atendiera cuando terminara con las personas que tenía ante su escritorio, tardó algo pero por fin él pudo sentarse frente a ella con todos sus documentos  correctamente…al menos eso creía. Ella puso cara de desespero, miró el monitor de la computadora, sus ojos iban vertiginosamente de la pantalla al papel con el número de inscripción impreso que le habían entregado varios días antes en esas mismas oficinas. Con mucha pena le dijo que en vez de hacerle una inscripción le había inhabilitado su constancia de contribuyente. Escribió  en un papel las instrucciones de lo que debía hacer la persona que lo atendiera en la parte delantera de Impuestos Internos, donde están las computadoras.
Media hora después volvía adonde ella con la nueva y real inscripción, eran más de las seis de la tarde y la atenta joven atendía de nuevo a la misma persona que cuando había ido un rato antes. Esta vez tardó más, aun así ella no se inmutó por la hora y pasada las siete hurgó sus documentos, tecleó varias veces, le tomó una foto, captó sus huellas digitales, imprimió varios documentos que él firmó, le entregó copias y cuando en la oficina sólo quedaba el supervisor cansado, que se aprestaba a apagar las luces, se despidió de ambos afectuosamente, como si fueran grandes amigos de toda una vida. En realidad creyó que llevaba toda la vida allí, y se retiró con la alegría de quien gana un premio millonario.
Lo demás fue sencillo, ir al día siguiente a una imprenta (autorizada) y solicitar, pagando 100 pesos, que le imprimieran un talonario para emitir facturas.
Al día siguiente lo recogió, fue a su trabajo donde le emitieron el cheque por los servicios prestados dos meses antes. Sin titubear se dirigió al banco, con su cheque y carnet de identidad casi de estreno, allí le entregaron los relucientes billetes de la moneda nacional.
Mientras iba a su casa pensaba, meditaba acerca de las dificultades para poder emitir una factura que posibilite la recaudación de impuestos “para vivir mejor”, imaginó lo felices que debían ser aquellos caseritos y caseritas que venden mocochinche y jugos, quienes por trabajar por un capital, que es la cuarta parte de lo que el percibe de sueldo mensual, no tienen que pagar impuestos, ni pasar por el calvario que él había atravesado y al parecer atravesaría año tras año. 

Llegó a la intercepción, esa que le aterra, por donde los autos o mejor dicho los chóferes de los autos se defecan en la luz roja, la cebra o la figurita azul que indica que los peatones pueden pasar. Siempre cruzaba alerta, mirando varias veces, pero esta vez se confió al ver que un trío de agentes de la policía de tránsito cuidaba que los conductores no se pasaran con la luz roja. Miró tranquilo al agente que silbato en boca, con su cabeza cubierta con un sombrero al mejor estilo de la patrulla de caminos canadiense, intentaba ponerse de acuerdo con sus dos compañeros para organizar aquel caos vehicular, entonces cuando la señal se puso azul inició confiado el paso a la otra acera. Se imaginaba un caserito vendiendo su mocochinche sin tener que pagar impuestos cuando sintió el impacto, un auto que aprovechando al momento en que el agente de sombrero de la patrulla de camino canadiense le decía algo a un chofer que intentaba pasar en rojo, torció a la izquierda (prohibida por cierto), como acostumbran a  hacer muchos cotidianamente, lo golpeó fuertemente lanzándolo al pavimento. Solo pudo ver la cara del chófer que sacaba la cabeza por la ventanilla mirándolo con señal de reprobación por haberse metido en su camino y que siguió con la mayor tranquilidad. Después debió haber perdido el conocimiento algunos segundos, los suficientes para que alguien le sacara el dinero que acababa de cobrar y del que por supuesto debía tributar como buen ciudadano, para vivir mejor.

jueves, 12 de junio de 2014

De Cumbres, abismos, monarcas y re-reelegidos


Cierto presidente, quien ya no cuenta entre los vivos, dijo en uno de sus encendidos discursos: “…los presidentes andamos de Cumbre en Cumbre, mientras los pueblos van de abismo en abismo”. Cuanta razón tenía y cuan sincero fue, porque mientras tuvo oportunidad, no se perdió ni una, aun soportando que un airado monarca, ahora abdicado, le mandara a callar.
Estas son solo anécdotas que en cierta forma marcan nuestras realidades y henos aquí, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, con otra flamante Cumbre que en pocas horas se nos vendrá encima.
A limpiar las calles, sanear los mercados, patrullar la ciudad para espantar la cotidiana violencia e inseguridad, que cargamos antes y cargaremos después de la Cumbre de los 77 + China (sin el encumbrado chino presidente), incluso a decretar más días feriados gracias al evento.
Y en la calle la gente se pregunta ¿qué más se resuelve en esta Cumbre que no sea dar empleo ocasional a camareros y fotógrafos? Porque cuando terminan las Cumbres eso es lo que nos queda, la fotografía de los presidentes o sus delegados dándose la mano o todos juntitos, enarbolando su mejor e hipócrita sonrisita.
Entre whisky, caviar u otro  bien caro manjar, seguro comentaran del hambre, la pobreza, el calentamiento global, los problemas de salud, educación, alimentación, corrupción y cuanto ción encuentren, eso sí, sin mencionar la re-reelección tan de moda a diestra y siniestra, aunque para ser justo, la última se nota más, a pesar de que alguno de sus promotores sea sacado de noche y en calzoncillos del palacio de gobierno, donde pretendía pasar el resto de su vida criticando a dictadores, monarcas y oligarcas, sin tener en cuenta para nada el término abdicación.
Uno de los matices en las sobremesas de esas Cumbres cotidianas, será buscar en vez de soluciones, culpables y quién  mejor que el imperialismo yanqui, sus lacayos y aliados, tal como apuntara en otra Cumbre, el ex presidente de Costa Rica, Oscar Arias.

Afortunadamente esta Cumbre de los 77 + China (sin el chino), competirá en desventaja con patadas y silvatazos, no de los de los agentes del orden de algunos de los mandatarios representados, sino con las canchas de la Copa Mundial de , aliviando así de las "cadenas" radiales y televisivas, que de seguro algunos de los mandatarios asistentes como acostumbran, impondrán en sus respectivos países, "para que el pueblo se mantenga informado" de la tediosa reunión, en la cual es muy probable que alguno de los presidentes o sus delegados, pretextando un dolor de barriga y con su habilidad para culpar a otros de sus insuficiencias, argumenten que fue a causa del majadito, la salteña o el mocochinche y se replieguen al baño a simular la mayor cagada de su vida, mientras disfrutan del fútbol en un minitelevisor escondido, sintiéndose mejor allí, a pesar del mal olor, que en el salón donde sesione la Cumbre de los 77+ China (sin el chino).

jueves, 17 de abril de 2014

Botella al cielo para un dios de la palabra

A mis doce años  de edad llegó a mis manos un libro, era una novela impresa en papel de bagazo, colección Huracán. Su precio de 40 centavos se podía ver en la primera pagina, escrito mano y con lápiz. Todos en la casa hablaban de aquella novela "Cien años de soledad" y me consideré lo suficientemente maduro para leerla.
La leí de un tirón Gabo, al final quedé un poco desconcertado, pensando que no la había entendido e indudablemente fue uno de esos errores de adolescencia. Claro que la entendí, mi vida fue otra desde aquella remota tarde en aquella casona en Cocosolo, que hasta se me ocurrió parecido a Macondo, fui otro, quise escribir e incluso hasta lo he intentado muchas veces.
Hoy fue un día distinto, durante las 11 horas que estuve ante mis clases de Oratoria, no leí como acostumbro tus discursos "Ilusiones para el siglo XXI", ni "Botella al mar para el dios de las palabras", del que te tomo prestado algo. 
Hoy fue un día distinto, regresé por un camino que nunca transito, incluso al llegar a casa me tomé una cerveza para aliviar el calor, algo que nunca hago solo. Fue en eso momento que me apedreó la noticia de tu partida,  fue en ese momento que comprendí que aquel libro mal encuadernado, que sus hojas volaban al primer viento y que creí que no había entendido, me enseñó que puedo vivir 100 años sin conocer y conociendo la soledad. Buena eternidad Gabriel García Márquez, permíteme despedirte como una vez contaste que le gritaste a Hemingway en aquella calle de París, y que creíste que no te oyó:  MAESTROOOOOOOOO...

lunes, 14 de abril de 2014

¡Llegaron los huevos!

Cocosolo, el barrio. Foto del autor
Ojala que la anécdota que motivó la historia que hoy publico nunca hubiese ocurrido, aun con gotas de humor y "final feliz", así entre comillas. Ojala que millones, porque estoy seguro que pueden pasar de seis cifras comodamente, de realidades que han generado o pudieran generar historias como esta, nunca hubiera que contarlas o callarlas.  La isla entonces pesaría más y muchos no estuvieramos soñando con el mar. A Leopoldina, en realidad  Ernestina o N, como abreviabamos su nombre, quien nos dejó hace algunos años ya en la New York que sólo conocía por King Kong, Cari Grant y Deborah Keer en "Algo para recordar",  a todos los que han salido a cualquier parte del mundo a buscar su "trocito de felicidad", a los que se han quedado, con al menos el aliento que los otros lo encontraron,  quiero dedicar este cuento, que cualquier semejanza con alguna realidad no fue pura coincidencia.
                                     ¡Llegaron los huevos!


A Leopoldina, después de varios intentos por fin le dieron la visa para visitar a su hijo Fidelito, quien años atrás se había ido a los Estados Unidos en una rústica balsa confeccionada con cámaras de tractor ruso, un trozo de red tejida a mano y varios pedazos de madera, que de haberla visto su madre seguramente hubiera sufrido un infarto al no resistir la suerte que correría su único descendiente.
 Nunca se le olvidarán los agónicos días que pasó con la oreja pegada a la radio de onda corta, tratando de adivinar en medio del ruido de la interferencia, la gritería del barrio y la acechante  mirada de su hermano Ramón, quien al visitarla y atraparla en el fragante delito de escuchar la “radio enemiga” le espetaba una charla sobre el bloqueo, matizada con una parrafada del Manifiesto Comunista y algunas citas  de El Capital, que él mismo nunca entendió pero que sé aprendió de memoria.
Trece días después de desaparecer Fidelito del barrio, una amiga que escuchó “por casualidad” la innombrable emisora le dijo que habían dicho que su hijo llegó desfallecido y medio achicharrado por el sol tropical al que se expuso por más de una semana, y años después  ella pensaba que aquello no fue nada comparado con la casi infinita cola de más de 5 meses que tuvo que hacer frente a la Oficina de Intereses bajo lluvia, sol, sereno, frío, sed y muchas otras calamidades, y ni qué decir de la cantidad de tramites, así como dinero que gastó en las interminables gestiones para viajar a Miami donde reside su querido hijo. Pero el día llegó y allá se fue al aeropuerto acompañada por su hermana Olga, refunfuñando por haberse perdido una vieja película mexicana que dieron en la televisión la noche anterior porque tuvo que acostarse temprano para estar en el dichoso aeropuerto casi de madrugada.
Como Leopoldina padecía de presión baja, anemia, diabetes y tres o cuatro enfermedades más, Olga se hizo acompañar por su vecino Fermín  - Porque él es un muchacho bien preparado, sabe hablar inglés y ná que a lo mejor se presenta algo, que Dios no lo quiera y puede ayudar -  y así fue, porque después de pasar al  salón previo a la salida, un agente de inmigración preguntó con voz grave: - ¿Los familiares de Leopoldina Latóz, por favor ? - Olga no quiso oír más y se echó a llorar pensando lo peor, entonces Fermín con voz y paso decidido de pies planos alzando su mano derecha gritó - ¡Aquí!- El agente le entregó la caja de tabacos y varias tabletas de PPG previniéndole que era seguro que en el próximo destino serían confiscadas, así que era mejor que no las llevara.
 Una vez reparados del susto y comprobando que el avión levantaba vuelo perdiéndose en el cielo azul, regresaron a sus casas.
Tres horas más tarde sonó el teléfono en casa de “la China”, la presidenta del comité, quien era la única que tenía teléfono en la cuadra por lo que se sitúo el puesto de mando en su sala para esperar noticias, en la sala de la casa se encontraba Olga, renegando porque no pudo escuchar la novela de las dos, Fermín, quien ese día no fue a trabajar y  “se cogió el día” por vacaciones, Chinita, la hija de La China y su novio Erickson, un gigantesco pelicolorao noruego con mas cara de vikingo que el propio Erick El Rojo, el cual lógicamente no entendía ni papa de español como se dice en buen cubano, Estola, una vecina con su esposo Pepe el camionero, que tenía el camión roto por lo que estaba “interrupto” aunque llevaba consigo su bicicleta “Forever” disponible para por si acaso; Ramón, siempre preocupado porque su hermana podía enfermarse - y allá ni la educación ni la salud son gratis - mientras que Igor Brian su hijo que en voz alta le espetaba que ya su tía estaba muy vieja para ir a la escuela - y él lo miraba con reprobación señalando disimuladamente al extranjero quien - ¿que iba a pensar de la juventud? -  Además en la pequeña sala de la casa había algunos vecinos que entraban ávidos de noticias, más los niños pequeños que ese día no asistieron al circulo infantil que estaba cerrado porque no entró agua.
 Cuando sonó el timbre del teléfono todos se tiraron al aparato, Fermín ágilmente logró descolgar primero, se llevó el auricular a la oreja derecha e instantes después dijo al grupo de desesperadas personas - Es de allá, sonó el pitico, alo alo ¿Who is called? - menos mal que el sabe inglés - comentaron los impacientes espectadores - Ah es Fidelito ¿cómo le va a la vieja por allá? - todos miraron con alegría, el vikingo no entendió nada pero también sonrió - ¿cómo, que no ha llegado, que habrá pasado coño?
 - ¡Ay! - gritó Olga - ¿qué le pasó a mi hermana?
- Dice Fidelito que la está esperando en el aeropuerto de Miami, que han llegado todos los aviones de la Habana y de ella nada -  comunicó el improvisado vocero al publico al tiempo que tapaba el micrófono - ¿qué hago Fide, ah, está bien, chao; él llamará en media hora, caballeros hay que ponerse para esto porque parece que la vieja Leopoldina se perdió.
- Ay mi hermana, tan buena que era - gimió Olga
- Mi tía se perdió – lloró a viva voz el niño
-Coño, que embarque, ella me iba a echar la carta en el bombo internacional - pensó contrariado Igor Brian mientras Ramón lo miraba fulminantemente asegurando después con precisa calma  - Lo más probable es que la hayan secuestrado los de la mafia anticubana de Miami, por lo tanto debemos movilizarnos y denunciarlo ante la opinión publica nacional e internacional.
-  Liberen a Leopoldina  - gritó  la China emocionada.
- Que devuelvan a Leopoldina - exclamaron acopladamente los niños entre sollozos.
 Olga se desmayó, Violeta otra vecina fue a buscar alcohol para reanimarla mientras que Pepe insistía en llevarla para el hospital en su bicicleta. Igor Brian  en silencio disfrutaba la escena con una sonrisa burlona que se acrecentó al ver a su padre garabateando consignas enardecidas en su agenda, con el propósito de lograr lo más rápido posible la liberación de su hermana presuntamente secuestrada. Ya se imaginaba entrevistado en el noticiero de las ocho de la noche, mintiendo emocionadamente que su hermana siempre había sido una combativa cederista, destacada en donaciones de sangre, trabajos voluntarios y vigilantes guardias.
Por su parte Chinita, la hija de La China aprovechó la confusión para irse con Diamante, su anterior novio cubano a quien poco le importaba el compromiso con el noruego que sentado en la sala de aquella casa de locos tropicales, sòlo asentía, negaba, reía o ponía cara de disgusto según apreciaba el desarrollo de los acontecimientos.
El timbre del teléfono sonó de nuevo pero esta vez ya no hubo disputa pues todos coincidieron que por Fermín  saber inglés tenía todo el derecho a ser quien recibiera las llamadas de Estados Unidos u otro país de habla inglesa.
- Fidelito, si... dime - gritó - ¿nada? coño mi hermano, resignación, si, si, nosotros vamos a investigar por acá, oye yo te mandé una carta con ella pero bueno, oigo, halo, halo please, me cago en diez - dijo virándose para los demás quienes seguían la conversación atentamente - que jodienda, se cayó la llamada pero logró decirme que todavía nada.
 De nuevo comenzó la gritería y el desconsuelo de familiares y amigos, el vikingo puso cara de angustia aunque seguía sin entender nada. Pepe por encargo fue para La Plaza a comprar velas mientras que Olga, quien estaba destruida, fue a su casa acompañada por Chinita (quien ya había terminado con Diamante) a buscar una fotografía de su hermana.
 Ramón no perdía tiempo y buscaba en la agenda los números telefónicos de varios conocidos “- que están arriba”- para rápidamente comenzar al campaña mundial por la liberación de la compañera Leopoldina, pero no le quitaba la vista de encima a  Igor Brian, quien ya intentaba entablar una conversación con el noruego que le resulto sospechosa pues detectó cuando su hijo le preguntó a Fermín cómo se decía carta de invitación en inglés.
Luego de tres desesperanzadoras llamadas de Miami, que por supuesto atendió Fermín, nombrado oficialmente representante del barrio para las relaciones internacionales, comenzaron a perder todo tipo de esperanzas, alguien hasta sugirió que ya podían encenderse las velas frente a la fotografía de Leopoldina, pero su hermana dijo que nó, que había visto en una telenovela mexicana, que Chinita alquiló en el banco de Alexis, que a una señora le había pasado lo mismo y apareció diez años después casada con un millonario americano.  Sin embargo las velas se encendieron pero por otro motivo... llegó el familiar apagón el cual fue recibido con improperios y el consabido recuerdo a las madres de los presuntos causantes. En medio de la oscuridad sonó el teléfono, Fermín, confiado ya en su autoridad para con el aparato no se apuró. Del otro lado de la línea Fidelito, con la voz desconsolada y sollozante le decía que su madre no había llegado, que todo quedaba en manos de Dios y que no volvería a llamar hasta por la mañana porque las llamadas estaban muy caras. Su interlocutor le contestó que no se preocupara, que todos estarían en vela hasta tener noticias.
 A las 11 y media vino la luz, todos tenían hambre, pues nada habían comido durante el día. El vikingo pareció comprender y sacó de su jeans un billete de 20 dólares. Pepe casi se lo arrebató de la mano y a gran velocidad en su bicicleta “Forever”, fue para la cafetería Rumbos que estaba abierta las 24 horas a comprar algo que comer y algunos refrescos. Ramón continúo elaborando ardientes consignas mientras que Igor Brian se fue para el patio con el radiecito de pilas a escuchar clandestinamente “Radio Martí”   con el afán de averiguar sobre su tía.
La mañana los sorprendió a todos dormidos, Ramón, quien siempre daba el ejemplo fue lógicamente el primero en despertar dando el “de pie” al estilo con que se hacía en “los gloriosos albergues cañeros” de los años 60 y 70, cuando no sé perdió ni una "zafra del pueblo". Enseguida todos se despertaron, se estiraron ruidosamente y comenzaron a contarse unos a los otros sobre lo buena que había sido Leopoldina en vida. El teléfono sonó y todos los oídos quedaron atentos a la voz de Fermín de quien ya su protagonismo comenzaba a levantar envidia en algunos de los presentes.
- Halo, ah Igor Brian es para ti... y apúrate.
Como todos estaban aburridos de hablar lo mismo (alguien susurró que podían jugar una partida de dominó pero lo pulverizaron con solo mirarlo) sin ponerse de acuerdo hicieron silencio para escuchar descaradamente lo que el joven hablaba y no parecía importarle que escucharan - Eh ¿sí? Que bueno, así que ya llegó la inscripción de nacimiento del abuelo, que eficientes son esos gallegos, bueno mañana mismo voy a marcar en la embajada de España, al instante todas las miradas fueron a Ramón quien solo murmuró algo relacionado con la xenofobia en Europa.
Entonces el tiempo se detuvo, todo se olvidó, hasta los mosquitos se paralizaron por un instante precedido de un grito- ¡Llegaron los huevos! Sin previo aviso todos se lanzaron libreta de abastecimiento en mano a la cola de la carnicería dejando solo al pobre noruego que con su cara de comemierda  no entendía nada de lo que pasaba.
El teléfono sonó de nuevo y al pobre escandinavo no le quedó más remedio que descolgar – Halo - dijo tímidamente - Oye Fermín -  habló Fidelito del otro lado -  la vieja ya está aquí, lo que pasó fue que ella al ver la cola  tan larga en  el avión para Miami se puso en otra que había menos gente y era una salida para Burkina Faso, imagínate como dio vueltas por todo el mundo la pobre, pero ya está aquí mi hermano, coño si hasta me dio ganas de llorar cuando me vio y me dijo - Fidelito mijo que gordo estás. El noruego no entendió nada, miró a su alrededor y no había nadie, entonces discretamente colgó  el teléfono. 



domingo, 30 de marzo de 2014

Santiago de Chile


Fotos del autor

Todo en Santiago fue verano, desde la primera noche en la vispera de Navidad, cuando me sorprendieron sus calles vacías, hasta cuando despegó el avión que me llevó a Iquique, no sin momentos antes sentir un ligero temblor de tierra en el aeropuerto, quizás como despedida de aquella encantadora ciudad.
Allí encontré una urbe que conquista por su orden y limpieza. Edificios antiguos comulgan con altas torres, ya respetados por los efectos de la tectonica de placas, que aun en su empecinado estremecer comprende que no podrá  con ese Santiago de calles alegres como el paseo Ahumada, que tanto y en tan poco tiempo conoció de mis pasos.
Desde el Cerro Santa Lucia, como muchos, contemplé la ciudad orgullosa, urbana a más no poder, de frios y calores, de gente apurada que respira aires de más allá del mar.
El metro, limpio, silencioso, rapido y cosmopolita me llevó de uno a otro lado de la ciudad, confundido, queriendo perderme y despertar soñando que nunca me fui de Santiago.















jueves, 13 de febrero de 2014

Valparaiso

Fotos del autor
                                          "Valparaiso, qué disparate eres, qué loco, puerto loco..."
                                                                                                             Pablo Neruda

 Valparaiso parece sonreir irónicamente al tiempo y la gravedad. De golpe me devolvió la imagen de un puerto maritimo con pequeños y grandes barcos atracados en los muelles, gente de mar, contenedores, estibas, gruas, olor a salitre y gaviotas por doquier, tal vez algunas descendientes de aquellas que inspiraron a Neruda.
Ciudad increible con casas de cualquier color colgando en los cerros, como si de pronto fueran a deslizarse y caer en brazos de las embarcaciones que dibujan y resguardan ese trozo de costa chilena.
El contraste de lo nuevo y lo antiguo matizan el encanto de sus calles y lo mismo de anchas avenidas que de angostas  e inclinadas callejuelas. 
El tren suburbano o metro como muchos le llaman, rapido en su deslizar, moderno, limpio, con voces  entonando canciones conocidas y la tropa de orgullosos trolebus cargando con la dignidad de sus años por toda la ciudad, junto a los  antiguos y también alegres funiculares llevando a la gente calle arriba, ayudando a escalar los cerros, exhibiendo al desnudo chirriantes engranajes y  rieles  divertidos por el oxido, negados a dormir una eterna siesta.
Y la brisa de aquella tarde, algo fría pero perdiendo la apuesta con el ardiente sol que acariciendo pieles y calles ganaba indudablemente la pugna climatica.
Por tus calles, Valparaiso, quiero volver a caminar, o no sé... más bien navegar.